
Sin dólares, ni robots
Columna de Walter Giannoni.
Esta a la vista que pese a la larga experiencia en el poder de varios de sus miembros (Alberto fue jefe de Gabinete de NK y Cristina dos veces presidenta), el actual Gobierno carece de coordinación alguna. En parte porque las situaciones lo desbordaron, por ejemplo la pandemia, y en parte por la dislexia política motivada en su origen mismo, con una fricción interna constante.
Sorprendió que la primera reunión de Gabinete se celebrara casi dos años después de haber asumido el poder y sorprenden (ya no tanto) las internas dentro de una misma área, como fue aquél episodio de Guzmán con su segundo de Energía, o de Kulfas con la secretaria de Comercio. O, peor aún, de CFK con Alberto hace poco.
En ese contexto, a veces rayano con lo desopilante de no ser porque están gobernando, se producen situaciones como la ocurrida esta semana que impactan de lleno en la actividad económica y empresarial.
Por un lado, el Banco Central achicó drásticamente el acceso al dólar para el pago de importaciones y dejó a numerosas empresas hundidas en la desesperación, sobre todo aquellas que tienen operaciones en marcha, mercadería y maquinaria comprada con pagos parciales, etc.
La decisión, que como todos los cepos puestos hasta acá no se sabe cuándo se va a levantar más allá de los plazos inscriptos en las disposiciones, es un golpe duro a la actualización tecnológica de las empresas. Cualquier torno de control numérico o equipo de producción tiene valores por encima de los 250 mil dólares de tope.
Al mismo tiempo, el Gobierno envió al Congreso un proyecto de ley para otorgarle facultades de veto a los sindicatos cuando se dispongan actualizaciones tecnológicas en las empresas. Hay que decir en este punto, que en todo el Mundo existen regulaciones de este tipo cuando la tecnología desplaza mano de obra ya creada.
Pero aquello del Banco Central y esto de los gremios irían de la mano en cualquier gestión que tenga un mínimo de coordinación. La cuarta revolución industrial toca la puerta de los países desarrollados, pero en la Argentina no sólo no hay dólares disponibles para traer equipamiento, sino que además las empresas deberían lidiar con la voluntad de los sindicatos si quisieran avanzar en nuevos proyectos.
Se trata de una contradicción abierta que fatiga el estado de ánimo de quienes tienen que definir qué hacer con sus empresas en un país sumido en constante crisis.